Rinconete y Cortadillo [PDF]

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Un día de verano dos muchachos, «muy descosidos, rotos y maltratados», se encuentran en una venta al sur de la provincia de Ciudad Real; tienen entre catorce y dieciséis años y se dirigen a la misma ciudad: Sevilla. Así comienza Miguel de Cervantes la novela Rinconete y Cortadillo, obra que, por su carácter y por su ambientación, puede considerarse plenamente «andaluza». La Casa de Contratación había convertido a la ciudad en el emporio de aquel tiempo y, por tanto, en el centro de todo trasiego, bueno y malo, de negocio. Las gradas de la Catedral, la Plaza de San Salvador, los alrededores del río y de la Torre del Oro son algunos de los espacios en los que los protagonistas, Pedro del Rincón y Diego Cortado, aprenderán la jerga de los rufianes antes de ser conducidos al corazón del hampa sevillana y de la novela misma, el patio de Monipodio. Es ahí donde observan, ven y anotan. Los golpes a la puerta marcan la sucesión de escenas. Rincón y Cortado pasan a ser el marco que encuadra la realidad que le interesa pintar a Cervantes: el mundo de la picaresca en estado puro. Francisco Porras de la Cámara, racionero de la catedral de Sevilla, copiaría el texto de esta novela hacia 1604-1605, junto con El celoso extremeño, otra de las Novelas ejemplares «andaluzas», para que el cardenal arzobispo de la ciudad, don Fernando Niño de Guevara, se divirtiera. Más tarde, Cervantes introduciría cambios en ambos relatos, suavizando pasajes y quitando precisiones.

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